Por Juan Martínez y Pedro Jiménez
Pedro Jimenez: Ayer tuvimos el chance de estar en la mañana en la ECIB, nos colamos en la charla. A mí sobre todo me causó curiosidad el libro que te encontraste, donde hay imágenes de representaciones exotizantes.
Camilo Restrepo: Sí, eran las 100 primeras películas rodadas de lo que se denomina el otro o el hombre primitivo.
Pedro Jiménez: Exacto. Y una vez compartiste esa reflexión, hablabas de devolver la imagen al otro. Me parecería interesante profundizar en esa idea. Qué entiendes por esto, cuál es la urgencia de hacerlo, o por qué consideras que es importante. Una vez uno trabaja con otros, una vez uno decide representarlos, encuadrarlos en una imagen, devolverles la imagen. ¿Qué quiere decir eso para ti?
Camilo Restrepo: Eso quiere decir muchísimas cosas y, de hecho, en la práctica es bastante complicado. Pero una cosa que hay que entender cuando uno hace películas es que la cámara es como una frontera: divide los que están delante y detrás de la cámara. Esa frontera es una frontera de poder. El que está detrás de la cámara dirige al que está delante de la cámara. Hay una especie de jerarquía y de vulnerabilidad en ese sentido.
Hay imágenes totalmente dominantes que lo único que quieren es mantener esa jerarquía, ni siquiera el interés de la imagen. Pongo un ejemplo: las imágenes de cámaras de videovigilancia. Están ahí no por la imagen misma, sino para mantener un orden establecido. La imagen, lo que representan, eso poco importa. Sólo va a importar en el momento crucial en el que se comete un delito, un robo o una agresión. Entonces, es ese mecanismo de poder que está ahí, delante de la cámara, por alguien que ni siquiera se muestra detrás de la cámara.
Entonces, mi idea básica cuando estaba hablando de estas primeras 100 películas filmadas con lo del otro, es la de una mirada que era impuesta por occidente frente a otras culturas. No era solamente que fueran a filmar las otras culturas, sino que incluso se permitían recrear lo que ellos pensaban que eran esas culturas. Recrear eso también es como falsificar esa cultura que se mira. En ese sentido, yo estaba diciendo que había películas, por ejemplo, de los hermanos Lumière, que retrataban la tribu de los Ashanti, pero no fueron a filmarlos a África. Se los trajeron a ellos y los mantuvieron en un zoológico que era la exposición universal. Los mantuvieron allí como animales para la distracción de la gente y ahí los filmaron diciendo: “Así viven los Ashanti”. Así viven los Ashanti cuando se sacan del lugar de donde viven los Ashanti. Y eso continúa prolongándose por siempre.
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| Los conductos (2020) |
Yo lo que pienso es que hay que imaginar maneras en el que la representación se vuelva menos dictatorial y más lineal, más horizontal. Más horizontal puede pasar por millones de posibilidades. Más horizontal puede ser hacer cine colectivo en el que la cámara pasa de mano en mano, no tiene que decir nadie qué es. Y existen muchos ejemplos de cine colectivo que son bastante interesantes. Construimos la historia todos juntos, la dirigimos todos juntos, hacemos el montaje todos juntos. Ese es un ejemplo.
Otro ejemplo, que es lo que lo que yo intento, a veces funciona y otras veces no. Yo sí estoy detrás de la cámara, yo sí represento a alguien, yo sí estoy mirando a alguien. Pero intento en algún momento decir que la imagen que yo capturo de esta persona se la voy a devolver. Yo no sé cómo se la voy a devolver. Si la capturo de alguna manera, lo hago para que esta persona gane algo con esa imagen y no para que la imagen sea mía. Hay esta idea muy fundamental de la fotografía, que es capturar. Uno captura, y entonces, ¿cómo liberar después de esa captura? Eso pasa por métodos que yo me voy inventando en cada una de las películas.
En la primera película que filmé, filmé gente en el Chocó que nunca había tenido una imagen de ellos mismos. No tenían fotos. Entonces hice ese libro plastificado página por página para que durara en la selva, por la humedad, y así tuvieran las fotos de cada uno. Ni siquiera pudieron ver la película, porque no había dónde ver la película allá, pero tuvieron el libro. Escribí también la historia y las cosas que habíamos dicho que servían para la película.
En Los conductos (2020), por ejemplo, la idea de restituir la imagen era diferente. Pinky, el protagonista, era alguien que debía apoderarse de su propia imagen, representarse a sí mismo. Había perdido una noción de lo que era él. Había perdido mucha estima; también el control de sí mismo, porque estaba en una situación de extrema precariedad. Entonces era como tomarse en mano, como retomarse, como volver a ser lo que es. La película servía entonces como un canal para que él, a través de un personaje que nos inventamos, volviera a ser él mismo. Entonces, la imagen era un vector a esa idea de representación de sí mismo.
Eso me parece muy interesante porque cuando hablamos de representación también podemos hablar, por ejemplo, de que es un problema muy político. De hecho, a los políticos se les llaman los representantes del pueblo. ¿De qué manera ellos sí son el espejo del pueblo? Intento pensar, en ese sentido, de qué manera la película se puede volver un espejo.
Hay otro ejemplo que son los musicales. Sobre todo, el musical La bouche (2017). Se trataba de estar con una familia en proceso de duelo y ver cómo a través de las canciones e interpretaciones que inventamos para la película ese duelo podía digerirse de otra manera. Yo no digo que me sirva en todas. Son mecanismos que hay que inventar. La idea de devolver la imagen es complicada.
Pedro Jiménez: No hay una fórmula. Cada película trae consigo unos retos…
Camilo Restrepo: No hay una fórmula. Uno podría inventar películas con fórmula, pero sería el problema de todas las películas con fórmula: resultan siendo como un proceso teórico más que un proceso de experiencia. Cuando se trabaja con gente es importante que haya una experiencia de vida en la película. Eso pasa por inventar la manera en que se hace la película y cómo la película puede agregar algo a esa persona que está ahí.
Juan Martínez: Me estuvo sonando mucho lo que tú hablas de la economía de la mirada. Como en el mundo actual estamos en lo digital, yo creo que eso se ha perdido mucho porque con el soporte digital puedes hacer tomas de 5 a 1, 6 a 1, y puedes quemar sensor, como se dice. Cuando hablas de la economía de la mirada, esto hace que tú pienses muy bien tus cuadros, o sea, tus encuadres. Viniendo de la pintura, ¿crees que la composición de tus películas va más allá de simplemente tener la captura? Me refiero, por ejemplo, a este cuadro en llamas que tengo muy metido en la cabeza...
Camilo Restrepo: ¿El taller en llamas?
Juan Martínez: El taller en llamas, es increíble. ¿Cómo es el proceso en este tipo de composición? ¿Cómo eliges poner la cámara sabiendo que tienes muy poco material?
Camilo Restrepo: Bueno, ahí la pregunta la voy a dividir en dos preguntas. Voy a hablar de la economía de la mirada y, sobre todo, en esta era digital, como una especie de burla o de broma que me inventé metiendo la palabra de economía, porque realmente el digital se inventó como una herramienta económica para rodar. Es decir, que era la manera en que las empresas decían vamos a hacer una economía de costos y frente a esa economía de costos, yo pienso que perdimos muchísimas cosas. Es decir, que se puede rodar más barato, se puede rodar más tiempo, pero perdimos un montón de capacidades de cómo mirar el mundo. Y entonces yo dije: “bueno, si estos locos están con la economía del rodaje, yo estoy con la economía de la mirada, me economizo mi mirada haciendo menos rodaje”.
Desde siempre pensé que era fundamental que hubiera gente que dijera no a ese sistema económico, aunque claro que tengo que admitir que hay gente que no puede rodar en otras condiciones que en digital. El digital ha aportado una facilidad a gente que no hubiera rodado sin ese medio. Pero en el caso mío, era posible que yo pudiera hacer mis películas con celuloide. Y haciendo estas películas con celuloide también sentí que entraba en un sistema diferente de tiempo. Es decir, que lo digital pertenece al mundo de lo inmediato. El celuloide es un mundo muy lento, emerge lentamente la imagen. Eso me interesaba mucho, no estar en la inmediatez de la imagen.
Me parece que la imagen tiene que ir lentamente. Surgir, surgir a veces… surgir lentamente para que antes de que surja la imagen aparezca el imaginario. Qué quiero decir yo. Que cuando voy a filmar una escena, yo sé cómo la filmamos. Luego creo que la voy a poder volver a ver después del revelado, del viaje... Tal vez unas tres o cuatro semanas después. En ese tiempo esa imagen tiene que hacer todo un trabajo en mi cabeza, porque yo la perdí y la tengo que volver a reconstituir. La voy imaginando y eso me ayuda enormemente para el proceso de montaje después, porque las estoy ya masticando en la cabeza esas imágenes. Cuando llegan, aparece un fenómeno que es bastante extraño. Las veo y me decepciono. No me gustan tanto las imágenes.
Cuando llega la realidad de la imagen, ella misma, digo no. Luego terminé entendiendo por qué ya no me gustan más. Porque entonces terminé entendiendo que cuando estás viendo las roches de una película, estás viendo una película sin montaje, y entonces estás viendo un desfile de imágenes que están desconectadas. Entendí que mi problema es conectar una imagen con otra. Solamente en ese proceso que es el de la inteligencia de esas conexiones, en donde va a surgir un sentido por ese choque entre las imágenes, se vuelve a reencantar el medio. Pero entonces pasa por esos dos procesos: ese del imaginario, que viene entonces del tiempo de espera y, luego, ese del reencantamiento de la imagen con el choque con otras imágenes.
Ahora, con respecto a la manera en que ruedo, yo tengo el privilegio de rodar muy barato. Sé que no estoy arriesgando un rodaje en un equipo muy grande y eso me permite ser una persona ligera cuando ruedo. Ligera digo en todo el sentido de la palabra, tengo poco equipo, tengo pocas personas pero fantástica, tenemos pocas cosas, pocos lugares. Tenemos una sola cámara, de hecho, pero se me perdió la pita. Entonces, con esos superrodajes es posible decidir que uno improvisa. Hay cosas que sí están extremadamente medidas desde antes, pero hay otras cosas que están totalmente imprevistas y que aparecen.
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| La Bouche (2017) |
Juan Martínez: A mí me parece genial cómo tú armas las películas. Que tienes tus libretas, tus apuntes y todo, que no es por ejemplo un guion de hierro en una película. Que es: lo que está en el guion es lo que se hace. Y muchas veces el papel es una cosa y obviamente la experiencia es un reto. Entonces me parece muy interesante tu sistema creativo, de tener tus ideas y ya luego plasmarlas en rodaje. Obviamente, teniendo en cuenta la improvisación, la experiencia y la dinámica del entorno.
Camilo Restrepo: Pero ves que los dibujos en la libreta, las notas en el papel son muy rápidas y no son precisas para nada. Luego el encuadre es muy preciso. Como que son notas de trabajo, son notas rápidas, y yo digo la nota no tiene que ser así. Es decir, la nota me permite decir: “esta es una pista de trabajo, como que no se me olvide poner la cámara en tal lugar y tal vez pensar una luz diagonal que llega aquí y que el protagonista acá”. Una vez que llegamos al rodaje y hay que traducir eso en realidad, en una persona, en una lámpara, pues tengo muchísima libertad, porque es que la nota no me está exigiendo nada, me está simplemente dando un camino rápido.
Juan Martínez: Ese método de trabajo me parece súper. No estar atado a un guion que indique: es que es esto, esto y eso, porque muchas veces limita también la creatividad.
Camilo Restrepo: Depende. Hay gente que me dice que necesita el guion, que necesita tener el libreto completamente escrito, que le permite estar muy seguro en el momento del rodaje para hacer cosas que no están ahí escritas. Yo creo que cada cineasta tiene sus maneras. Yo no sería capaz de estar leyendo y al mismo tiempo dirigiendo. Me gustaría intentarlo, pero hasta ahora no he escrito un solo guion. Pues sí, escribí un guion. Escribí uno; no se hizo la película.
Pedro Jimenez: Me parece chévere entrar por el tema del guion porque otra pregunta tiene que ver con el recurso de la palabra o los textos. La forma en que están recitados o que están expresados por parte de quienes hacen parte de sus películas. Yo siento que existe una ambivalencia entre lo que puede ser muy claro y lo que resulta misterioso, difuso y hasta hermético. Ayer veíamos dos películas, Cilaos y La Bouche. Me preguntaba en su caso cómo sucedió, cómo se construyeron esos textos, esos guiones, esos cantos. La fuerza del canto también le da otra potencia a eso que está siendo dicho. Lo mismo en el caso de Los conductos.
Camilo Restrepo: Son procesos de escritura que continúan luego del rodaje también. En los musicales no, porque son películas performáticas y todo se tiene que entregar en ese momento de rodaje. Pero, por ejemplo, Los conductos es una película que podía continuar en el montaje. De hecho, yo estaba completamente perdido después del rodaje. Es decir, no trabajo con script, con una persona que se ocupa de continuidad o de cosas así. Que me dice: ahora vamos a tener que movernos a otro lugar, o vamos a filmar la escena de los ladrillos acá, y luego vamos a filmar la otra escena. Nadie me dice eso. La gente con la que trabajo, mis amigos, que me ayudan, me dicen: necesitas a una persona que te arregle la vida, porque realmente estás manejando todo vos. Hago todos los trabajos y a veces incluso me pongo a hacer el arte de la película durante el rodaje mismo. Por ejemplo, en Los conductos hay una especie de tienda de camisetas, y luego está la línea azul y el decorado, el lugar que se supone que es una bodega. A veces para el rodaje digo: “voy a pintar el decorado de la tienda de camisetas”. Y recuerdo, por ejemplo, que Felipe Guerrero, que es muy amigo mío y que fue productor en la película, estaba ahí y me estaba diciendo: “¿por qué no le decís a alguien que pinte el decorado?”. Y yo le digo: “No, Felipe, es que estoy pensando. Estoy pensando cómo va a ser la toma siguiente, necesito hacerlo así”. Él me responde: “¿cómo vamos a perder ese tiempo?”. Y le digo: “es que tenemos que perder el tiempo, hay tiempo que hay que perder”. Es muy gracioso, porque él también lo entiende así. Yo creo que son cuestiones de que todo el mundo está muy estresado, porque son 14 días de rodaje y de repente yo me pongo a hacer el corte de la bala en la calle, y “por qué está haciendo el corte este man”.
Eso me encanta. No es que sea yo un tipo muy tranquilo. De hecho, es cuestión de que el pensamiento se hace con las cosas también. Yo escribo con las cosas, escribo con la materia. No puedo escribir de otra manera que no pase por eso de la materia. Me parece que a veces escribo más con la materia que con las palabras.
Luego, más tarde, llego a un proceso de reflexión en el que digo tal vez la historia de Pinky la podemos contar con esta voz off diciendo esto. Pero ya son procesos de otro tipo de madurez. Lo que casi nunca pasa es que tenga un guion que explica las escenas y que incluye los textos.Lo intenté la vez que escribí el guion y me parecía totalmente aburrido describir una imagen. Yo ya la estoy viendo en la cabeza, para qué la tengo que describir. Eso pensaba yo, qué pérdida de tiempo.
A veces sí voy con ideas que son muy fijas, pero al mismo tiempo muy fáciles de adaptar. Yo sabía que necesitaba un centro comercial en Los conductos. Entonces, hablé con Simón Vélez, que también estaba produciendo la película, y que era la persona que me ayudaba en Medellín, era como mis ojos en Medellín, mientras yo estaba en Francia. También trabajaba un poco con la construcción del set de rodaje. Entonces, le decía a Simón, “recordame que cuando lleguemos a Medellín, buscamos un centro comercial”. Entonces fuimos al primer centro comercial que era el que yo pensaba, pero nos dijeron aquí no pueden rodar. Si no es este, entonces es el otro, pero siempre tenía una idea muy fija de lo que quería. Estaba buscando uno que tuviera una luz arriba. Hasta que me dijeron aquí sí puedes rodar. Hubiera preferido el otro, pero este me da igual también.
En el caso, por ejemplo, de las películas performativas que implican una conversación, una relación con quienes están ahí, la primera fue muy improvisada. De hecho, escribimos las canciones justo antes del rodaje y durante el rodaje. Yo mostraba unas imágenes en donde había unas hojas blancas, en donde todavía estaban escribiendo la canción, y nosotros con la cámara rodando. Es una película en la que yo viví un infierno en el montaje. No sabía qué había rodado, cómo había rodado, por qué se me ocurrió hacer esto. Yo venía de esos documentales colombianos donde uno puede decir “Bueno, más o menos esto es lo suyo”. Pero pasaba a una película donde se canta y que no hay realmente guion. Yo pensaba: “pero, ¿cómo se me ocurrió hacer esto?” Hasta que fui preguntándole a amigos. En cierto momento, quise trabajar con una chica amiga que hacía el montaje. Ella entró, pero luego terminamos y yo terminé recuperando ese montaje en un arrebato de locura.
Terminé ofendiéndola porque le quité la película. Realmente estaba desesperado y creo que fui brusco. A partir de ese momento me di cuenta de que yo no podía montar con nadie. Sólo la entiendo yo porque me la inventé. Ahí en el lugar, entonces, solo la puedo terminar de escribir yo.


















