Por Irene Roig Castellanos
¿Quién puede hablar de un territorio y de sus costumbres? ¿Desde qué lugar se hereda una imagen, una palabra, un gesto? ¿Qué margen tiene una generación para torcer lo recibido sin dejar de pertenecer al lugar del que proviene? Estas preguntas articulan el programa que L’Alternativa dedica a Elena López Riera, donde Los que desean (2018) y Las novias del sur (2024) se leen como dos piezas complementarias: la herencia como conflicto y el cine como espacio donde esa tensión se vuelve visible.
En Los que desean, la directora se adentra en el universo de los palomos deportivos. Lo que podría quedar reducido a una postal costumbrista se transforma en una indagación más compleja. López Riera capta una coreografía masculina que se repite desde hace décadas y que regula el tiempo, el deseo y la pertenencia de una comunidad. Hombres de 14 y de 90 años comparten postura, silencios y forma de mirar el cielo, encarnando un gesto heredado que atraviesa generaciones.
Ese ritual, sin embargo, incluye y excluye a la vez. No hay prohibiciones explícitas, pero tampoco presencia femenina. Esa ausencia no necesita ser nombrada para sentirse, sino que aparece en el encuadre, en la reiteración de los cuerpos que ocupan el centro y en la continuidad de una tradición que define quién tiene voz y quién queda fuera de campo. Los que desean muestra la belleza del vuelo de los palomos, pero evita rendirse por completo al encantamiento, bajo la superficie luminosa asoma la violencia de lo que se presenta como “natural”.
Aquí emerge una dimensión ética fundamental en el trabajo de López Riera. La directora reconoce la carga de filmar a los propios, conscientes de que la cámara nunca es neutral. Su gesto ético consiste en no transformar a quienes filma en espectáculo, evitando la caricatura o el folclore y huyendo de cualquier superioridad externa. Su mirada se sitúa cerca, esa ética del “hablar cerca”, como propone Trinh T. Minh-ha, para acompañar sin instrumentalizar, un principio que sostiene tanto la forma de la película como su posición respecto al territorio.
Si en Los que desean el gesto es la vía de acceso, Las novias del sur desplaza el eje hacia la palabra y el archivo. Aquí son las mujeres quienes hablan, muchas por primera vez ante una cámara, sobre bodas, primeras veces, miedos y expectativas heredadas. Sus relatos no son excepcionales, y en ello reside su potencia, aquello que tantas veces se consideró “poca cosa”, como anécdotas familiares y conversaciones entre amigas, revela la estructura profunda de una cultura.
Las fotografías de boda que se intercalan conforman una cadena casi ininterrumpida de poses repetidas. Ese “día importante” se convierte, visto en serie, en una gramática del matrimonio, una forma precisa de inscribir la idea de “mujer” en un cuerpo, en una postura y en un gesto que se repite. López Riera no solo muestra estas imágenes, las confronta con las voces de quienes las encarnan. Ahí aparece una grieta, pues muchas hablan con pudor, creyendo que sus historias no interesan, como si el derecho a la palabra hubiera estado siempre en otro lugar. A medida que avanzan los relatos, los recuerdos íntimos se enlazan con lo estructural, revelando una coreografía de género igualmente heredada.
Vista en conjunto, la dupla ilumina cómo opera la herencia en un territorio, por un lado, el gesto repetido hasta volverse paisaje, y por otro, las palabras que llegan tarde, pero llegan. En el universo de López Riera, la tradición no es un decorado sino un sistema que organiza la experiencia y distribuye posiciones de habla. Los hombres que miran al cielo y las mujeres que hojean álbumes de boda pertenecen al mismo ecosistema simbólico, aunque lo habiten desde lugares radicalmente distintos.
El programa de L’Alternativa permitió, además, situar estas obras en una genealogía más amplia. La carta blanca de la directora incluía The House Is Black, de Forough Farrokhzad, y Les mains négatives, de Marguerite Duras. Hay algo de la intensidad poética de Farrokhzad en la atención corporal sin psicologismos de Los que desean, y algo de Duras en la confianza de Las novias del sur en una voz capaz de sostener el plano incluso cuando titubea.
Las piezas no están exentas de fricciones. En Los que desean, la delicadeza de la puesta en escena puede suavizar la problemática de una masculinidad cerrada. En Las novias del sur, cierto tono nostálgico podría amortiguar la crudeza de los testimonios. Pero estas tensiones no restan fuerza al conjunto, al contrario, señalan los límites de filmar lo propio. Es difícil ser implacable con una herencia que también se estima, y esa dificultad se vuelve materia de sus trabajos.
Al final de la sesión, queda la impresión de haber asistido no solo a dos proyecciones, sino a una forma de pensar con las imágenes. El cine de Elena López Riera no dicta sentencia sobre un territorio, pregunta desde dentro. Qué hacer con los gestos que repetimos sin saber por qué, cómo escuchar a quienes nunca consideramos centrales, y qué comunidad puede surgir cuando se decide mirar, y escuchar, de otra manera.
















