L'ALTERNATIVA 2025: O Riso e a Faca, de Pedro Pinho

diciembre 06, 2025

Por Pedro Jiménez e Isa Wu


Las imágenes pulsan distinto en cada cuerpo. Afectan, tocan la retina, se instalan adentro de maneras particulares. Este texto es un ejercicio de escritura a dos manos, y nace por una resonancia común: ambos nos vimos fascinados e interpelados por el visionado de una película: O Riso e a Faca (La Risa y la Navaja) de Pedro Pinho, de 2025, presentada en las más recientes ediciones de SEMINCI, en Valladolid, y del Festival L’ALTERNATIVA, en Barcelona. 

La película se abre con la llegada de un ingeniero ambiental portugués a un país de África Occidental, Guinea Bissau, un territorio aún desconocido y vibrante para él. En medio de una carretera desierta, un agente de control de pasaportes le pide un libro, y ese gesto insólito inaugura una cadena de encuentros cada vez más sorprendentes. La cámara se desplaza con libertad, casi con capricho, entre distintos colectivos humanos profundamente ligados a esta tierra: habitantes locales, trabajadores de proyectos extranjeros y comunidades tribales. El resultado es una experiencia inmersiva en la que surgen escenas íntimas, tensas, casi eléctricas. Entre personajes de distintos orígenes raciales, las palabras cargan fricción y filo, pero también, inesperadamente, un humor sutil que aligera la hostilidad sin borrarla. 

Como espectadores, seguimos la cotidianidad de Sergio, el ingeniero ambiental, en la labor de terminar un informe que otro abandonó, y del cual depende la construcción de una carretera que afectaría de diferentes formas a quienes habitan este territorio. En ese ejercicio, nos encontramos con sus intentos por acercarse, conocer, documentar y analizar un universo completamente distinto al de su origen. Intentos sostenidos por prácticas aprendidas en la academia, que además lo ubican en el lugar del privilegio y del poder de aquel que valora qué puede ser viable para el “progreso” de un contexto distinto al suyo. 


En términos formales, la obra renuncia por completo a una narrativa lineal. Su estructura es fragmentaria, abierta, expansiva. A lo largo de sus tres horas y media, el único eje estable es el ritmo: el ritmo de los lenguajes, del paisaje, de la música, de los cuerpos, de la danza. Una pulsación que emerge y desaparece, primitiva y febril, como si brotara del suelo mismo. Ese pulso es, quizás, la esencia fascinante de África Occidental: el desierto, los ríos, el océano. Hasta su último plano, la película conserva una mirada casi antropológica que retrata la diversidad física y cultural de la región. Los escenarios cambian con la naturalidad de un organismo vivo. En ese sentido, la obra funciona como un himno visual, un intento de captar la fuerza de una tierra que respira, lucha y resiste. 

Esa fuerza estética, esa sensación vibrátil, esa latencia de lo vivo que se siente en la película tiene que ver con una disposición por parte del director, y también del personaje principal, por dejarse confrontar y atravesar por el territorio al que llega. Por aceptar que su privilegio de hombre blanco europeo se vea una y otra vez puesto en tensión, y por permitir que la figura del colonizador que representa sea machacada, al ponerse en múltiples momentos en escenarios que dejan ver su propia fragilidad y vulnerabilidad.

La película abre preguntas incómodas: el control económico en África, la presencia insistente de portugueses, chinos, europeos y otros agentes internacionales que se expanden como una lógica viral. Desarrollo económico, conflicto racial y afecto ecológico conviven en un estado permanente de contradicción. Por encima de la red de intereses se esconde una fuerza silenciosa, intangible. “¿Quiénes son? ¿De dónde vienen?”, pregunta la película. Las tensiones entre actores locales y extranjeros han desplazado la cuestión del desarrollo africano de su eje central. 


Las arterias del territorio han sido seccionadas y cortadas. La falta de cohesión interna, sumada a la interferencia externa, dificulta cualquier equilibrio entre explotación y preservación. Las escenas de violencia y confrontación revelan una realidad social en caos, donde la codicia y la brutalidad han dejado de causar escándalo. En ese mar de deseos, nadie parece responsable, nadie parece obligado a salvar al hombre arrollado al borde del camino. 

El deseo oculto, colorido e irreprimible atraviesa todo el filme. Deseo de sometimiento, de control, de ser comprado o vendido, deseo de arrepentimiento. Deseo y poder se confunden. Por eso el protagonista destaca: un extranjero absoluto, observador y partícipe a la vez, prudente, atento, permeable. Frente al deseo, su identidad oscila. El miedo y la vulnerabilidad emergen como marcas físicas. Lo que él busca en esa tierra no coincide con lo que buscan quienes pertenecen a ella. La diferencia no es solo racial, sino algo más radical. Una distancia casi intima se manifiesta en la lengua, en la religión, en la memoria colectiva y en la comprensión del mundo. La llegada del poder extranjero no es solo cooperación, también es colonización disfrazada de modernidad. Aceptarla significa aceptar un paquete indivisible: infraestructura y empleo, pero también extracción, monopolio y dependencia. El “progreso” exige sacrificios que no pueden revertirse. El precio es la soberanía. 


Hay, en la lógica del pensamiento y la acción del colonizador, una suerte de ingenuidad falsa. Una manera de acercarse a territorios ajenos que disfraza el paternalismo con una supuesta intención por cooperar. Vamos a salvar a los salvajes que cagan en la tierra directamente, se plantea el blanco. Llegamos para traer el “progreso”, vestidos del uniforme del que aparentemente sabe más. La película es muy hábil a la hora de ridiculizar este patrón, a la hora de mostrar el complejo de salvador de aquél que, de hecho, no se ha planteado la pregunta por la forma en que su propio mundo se ha construido. Con los recursos y fragmentos de otros mundos. 

¿Quién establece las normas de esta tierra? El progreso no acalla el resentimiento. No se trata de avance, sino de negociación con la pérdida. Odio y hospitalidad conviven, igual que desconfianza y deseo. Entre fragmentos y escenas abruptas, el director vuelve una y otra vez a exponer temas como la identidad racial, el género, los conflictos territoriales y el equilibrio entre desarrollo y conservación.

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